Durante buena parte de mi infancia, Cumandá no era un parque ni un lugar del que alguien hablara con nostalgia, era simplemente la terminal. Yo vivía cerca y tenía que pasar por ahí seguido, así que para mí formaba parte del paisaje normal del Centro de Quito, con buses entrando y saliendo, gente cargando maletas, vendedores, tráfico, ruido, personas que venían de otras ciudades y otras que parecían pasar la vida ahí. No recuerdo haber pensado demasiado en el lugar mientras existía, porque cuando uno es guambra casi nunca piensa que las cosas que tiene alrededor algún día van a desaparecer, simplemente están ahí y uno aprende a moverse entre ellas.
Crecí entre barrios como La Tola y La Loma Grande, moviéndome por una parte de Quito que quedaba relativamente cerca de Cumandá, la 24 de Mayo y Chimbacalle, por eso hay algo raro cuando vuelvo a ver Ratas, ratones y rateros. No siento que esté mirando únicamente una película vieja, porque a veces aparece una calle, una casa, una forma de vestir o un espacio que pertenece a un Quito que todavía alcanzo a recordar, mientras que otras veces reconozco algo que estaba ahí antes de que yo tuviera suficiente edad para prestarle atención. La película quedó parada justo en ese lugar extraño donde se mezclan recuerdos propios con cosas que uno terminó heredando.
Yo era un niño cuando Ratas apareció, así que no puedo contar la historia de haber ido al cine en 1999 y haber salido pensando que acababa de cambiar el cine ecuatoriano. Llegué a ella después, pero quizá eso también explica parte de mi relación con la película, porque hay obras que uno no vive cuando ocurren y aun así terminan perteneciendo a su vida. Llegas años después, encuentras una canción, una película, un barrio o una fotografía y descubres que ese mundo ya estaba conectado contigo antes de que supieras que podía convertirse en archivo. Con Ratas me pasa eso, y cada vez que regreso a ella termino haciéndome la misma pregunta, por qué se siente tan ecuatoriana.
Hay cosas que uno reconoce antes de saber por qué
La respuesta fácil sería decir que ocurre en Ecuador, que Ángel es guayaquileño, que Salvador vive en Quito y que la película recorre lugares que conocemos, pero una película puede rodarse completamente aquí y aun así sentirse ajena. Poner la Virgen del Panecillo al fondo, una bandera en una pared o un plano de una iglesia del Centro no garantiza absolutamente nada, porque lo que pasa con Ratas parece venir de otro lado, de una acumulación de cosas que aparecen durante segundos y que uno entiende inmediatamente sin tener que pensarlas demasiado.
Una camiseta de Barcelona, un programa ecuatoriano prendido en el televisor, una determinada manera de insultarse, la sala de una casa, la ropa, un carro, el tono con el que alguien pide un favor o una palabra que escuchaste cientos de veces antes de pensar que pertenecía a algún lugar en particular son detalles pequeños, pero juntos empiezan a construir una sensación muy concreta. Yo recuerdo muy bien Moti y Pescado, también recuerdo Vivos y toda una época en la que ese tipo de programas formaban parte de la televisión que podía estar encendida en cualquier casa. No los mirábamos pensando que estábamos consumiendo un pedazo de cultura ecuatoriana que décadas después iba a producir nostalgia, estaban ahí mientras alguien comía, hacía deberes, discutía, hablaba por teléfono o simplemente esperaba que empezara otra cosa.
Por eso me parece tan importante que algo así aparezca dentro de una película, porque no mueve la historia, no explica a ningún personaje y ni siquiera necesita estar ahí, pero justamente por eso funciona. La identidad de un lugar también se construye con cosas que en su momento parecían demasiado normales como para conservarlas, y hay una tendencia a pensar que para hablar de Ecuador necesitamos buscar siempre las cosas más grandes, la historia, la política, las crisis, la pobreza, la migración o la identidad nacional. Todo eso está ahí y puede ser importante, pero uno también reconoce un país por las huevadas pequeñas, por un programa de televisión que ya nadie pasa, por una palabra, por el uniforme de un colegio, por la camiseta de un equipo, por una calle que cambió completamente o por la manera en que alguien dice “familia”. Ratas está llena de esas cosas.
Fotograma de Ratas, ratones y rateros (Sebastián Cordero, 1999).
Ángel llega de Guayaquil y el problema ya está dentro de la casa
Desde el comienzo hay una distancia entre Ángel y Salvador, son primos, pero pertenecen a mundos distintos. Ángel llega desde Guayaquil con una vida bastante más jodida detrás, mientras Salvador todavía está entre el colegio, su padre, los robos pequeños y esa fascinación medio ingenua que produce alguien que parece haber vivido mucho más que tú. La película podría haber convertido esa diferencia en una representación bastante obvia de Costa y Sierra, pero por suerte no lo hace, porque Ángel no está ahí para representar a Guayaquil y Salvador tampoco existe para explicar Quito.
Son dos personas que hablan distinto, se mueven distinto y vienen de lugares diferentes, pero ninguna de esas diferencias impide que se entiendan. Ángel entra a la casa de Salvador y en poco tiempo parece haber encontrado la forma de instalarse también dentro de su vida, y eso tiene algo reconocible. Ecuador es pequeño, pero basta moverse unas pocas horas para encontrar otra manera de hablar, otra comida, otro clima, otras costumbres y otra forma de entender algunas cosas, e incluso dentro de Quito uno puede cambiar completamente de realidad económica atravesando unos cuantos barrios.
Ratas entiende muy bien esas distancias, pero entiende también algo más incómodo, que casi nunca están completamente separadas. La ciudad puede estar partida por sectores, clases, barrios y formas de hablar, pero las personas terminan cruzándose de todas formas, por familia, por plata, por trabajo, por favores o simplemente porque aquí todo queda más cerca de lo que parece.
Aquí todo queda bastante cerca
Carolina es prima de Salvador, pero los mundos en los que viven parecen tener mucho menos en común que sus apellidos. La diferencia se entiende rápidamente, no hace falta que nadie explique quién tiene plata y quién no, porque la casa, la ropa, los amigos, la manera en que se mueve cada personaje e incluso la incomodidad que produce Ángel dentro de ciertos espacios hacen el trabajo.
Lo interesante es que Carolina necesita a Salvador, los amigos de Carolina terminan necesitando a Ángel y, de pronto, esos mundos que parecían tan diferentes están compartiendo drogas, armas, secretos y problemas. Ese cruce me parece mucho más interesante que una película que simplemente diga que existen ricos y pobres, porque en Ratas los distintos Ecuadores parecen estar separados hasta que alguien necesita algo del otro.
Eso pasa todo el tiempo fuera del cine. La ciudad está llena de gente que vive realidades completamente diferentes y aun así termina cruzándose por trabajo, por familia, por plata, por favores, por amistad o por conveniencia. Hay casas que pueden estar a quince minutos de distancia y pertenecer a mundos distintos, primos que crecieron de formas completamente diferentes y gente que entra a una casa únicamente porque conoce al pana correcto. No hace falta romantizar nada de eso ni volverlo una teoría sobre el ecuatoriano, simplemente es una forma de cercanía que Ratas entiende muy bien, porque aquí las distancias existen, pero casi nunca son suficientes para evitar que los problemas de uno terminen entrando en la casa del otro.
Ángel habla como un man que conoces, no como un personaje escrito para representar Ecuador
Una de las cosas que más sostiene la película es el lenguaje. Ángel no parece un personaje al que alguien le metió tres palabras ecuatorianas para que el público recuerde dónde está, porque Carlos Valencia terminó llevando parte de su propia manera de hablar al personaje. Una de esas cosas fue llamar a Salvador “familia” en lugar de “primo”, y aunque parece un cambio pequeño, termina diciendo muchísimo.
“Primo” describe una relación, pero “familia” puede significar cariño, complicidad, una forma de convencerte de hacer una huevada, una advertencia o incluso una deuda que nadie escribió. Cuando Ángel dice “familia”, uno entiende algo antes de pensarlo demasiado, y eso ocurre durante toda la película. Los personajes no hablan como si estuvieran intentando que una audiencia extranjera entienda cada palabra, hablan como hablan, con acentos, insultos, formas de pedir cosas y maneras de reaccionar que pertenecen a sus personajes y a los lugares de donde vienen.
A veces una película empieza a pertenecerle a un lugar cuando deja de traducirlo para los demás, y ahí existe una diferencia enorme entre poner elementos ecuatorianos dentro de una historia y hacer que la historia realmente ocurra aquí. En Ratas, Ecuador entra por la boca de los personajes, por la velocidad con la que hablan, por lo que consideran un insulto, por la confianza que existe entre dos panas y por esa forma particular en que “familia” puede significar cariño, complicidad, obligación y problema al mismo tiempo.
Las cosas pueden estar hechas mierda y alguien igual hace un chiste
Hay otra cosa que siempre me ha parecido muy ecuatoriana en Ratas, y es el humor. No porque sea una comedia ni porque los personajes estén intentando convertir cada tragedia en un momento gracioso, sino porque ocurre algo que uno reconoce fuera de la pantalla, las cosas pueden estar mal y alguien igual encuentra la forma de hacer un chiste.
A veces mientras peor está todo, más probable es que aparezca una frase fuera de lugar, una burla, una puteada que termina dando risa o alguna huevada que durante unos segundos baja la tensión. No resuelve absolutamente nada, el problema sigue ahí, la deuda sigue ahí y alguien puede seguir herido, perseguido o metido en un problema mucho más grande de lo que puede manejar, pero aun así alguien se ríe.
Eso aparece constantemente en la forma en que los personajes de Ratas se relacionan, porque hay violencia, miedo, precariedad y momentos bastante oscuros, pero la película casi nunca convierte a sus personajes en personas que caminan permanentemente conscientes de estar protagonizando una tragedia social. Siguen hablando, molestándose, diciendo huevadas y riéndose, y eso me parece mucho más cercano a cómo funciona la vida real que una película donde la pobreza obliga a todos los personajes a permanecer solemnes durante dos horas.
También me parece reconocible de Ecuador, no porque seamos el único país donde ocurre, evidentemente no lo somos, sino porque existe una familiaridad muy nuestra en esa capacidad de hacer un chiste cuando todo está jodido. El chiste no arregla nada y tampoco pretende hacerlo, a veces simplemente es lo único que queda hacer durante treinta segundos, y Ratas entiende muy bien esa forma de seguir avanzando incluso cuando la situación ya se salió de control.
La familia puede ser el problema y seguir siendo la familia
Ángel es probablemente una de las peores personas que podía aparecer en la vida de Salvador. Desde que llega empieza a arrastrarlo hacia cosas cada vez más grandes, lo utiliza, lo convence, lo mete en situaciones que Salvador no alcanza a controlar y termina alterando completamente la vida de quienes están alrededor. Salvador sabe que Ángel trae problemas, su padre también y nosotros lo sabemos desde mucho antes, pero Ángel es el primo, es “familia”, y esa palabra vuelve una y otra vez.
Hay algo muy fuerte en la forma en que Ratas muestra esas relaciones, porque nunca presenta a la familia como un lugar automáticamente bueno. La familia también puede ser obligación, culpa, deuda y gente de la que uno probablemente debería alejarse, pero de la que no termina de separarse, y eso no significa que Ángel no quiera a Salvador. Cuando Salvador tiene el ataque de epilepsia durante el viaje, Ángel se asusta de verdad, durante unos minutos desaparece parte del personaje que había construido y aparece simplemente un primo preocupado por otro.
Esa contradicción lo vuelve mucho más real, porque puede quererte y hacerte daño, protegerte y meterte en problemas, ser el último man al que deberías abrirle la puerta y seguir siendo alguien a quien probablemente se la vas a abrir. No creo que eso defina al ecuatoriano, pero sí conozco esa lógica, y creo que casi todos hemos visto alguna versión mucho menos extrema de ella, el familiar que llega con un problema, el pana que necesita un favor o la persona de la que todo el mundo habla mal y que igual termina sentada en la mesa.
Tal vez por eso el Ecuador de Ratas sigue vivo
Hay películas que envejecen porque intentan explicar demasiado bien su momento, mientras que Ratas parece haber envejecido de otra manera, dejando entrar muchas cosas sin obligarlas a convertirse en símbolos. La televisión, el fútbol, el rock, los barrios, el acento de Ángel, el mundo de Salvador, la casa de Carolina, la diferencia de clases, los buses, la carretera, las palabras, los chistes cuando todo está saliendo mal y la forma en que alguien llama “familia” a un primo que acaba de meterlo en otro problema terminan acumulándose hasta construir una sensación muy difícil de falsificar.
Ninguna de esas cosas puede representar al Ecuador entero y tampoco deberían hacerlo. Ángel no es “el ecuatoriano”, Salvador tampoco, y yo no me reconozco en la película porque mi vida se parezca a la de ellos, sino porque me reconozco en otras cosas, en Cumandá, en ciertas calles, en la televisión que estaba prendida, en algunas palabras, en la forma en que dos personas pueden estar hablando de un problema serio y de pronto alguien dice una huevada que hace reír a todos, en familias donde los mundos económicos pueden ser completamente diferentes y aun así siguen unidos, en barrios que están mucho más cerca de lo que parecen y en una ciudad que cambia mientras uno está demasiado ocupado viviendo dentro de ella como para darse cuenta.
Quizá por eso Ratas se siente tan ecuatoriana, no porque haya encontrado una fórmula para representar Ecuador, sino porque nunca pareció estar buscándola. Estaba demasiado ocupada siguiendo a Ángel y Salvador mientras corrían, robaban, mentían, viajaban y hacían mierda sus vidas, y mientras todo eso ocurría, Ecuador seguía entrando por los bordes, en una camiseta, en una casa, en un televisor, en una palabra, en un chiste y en una terminal que algún día iba a dejar de existir.
Lo más ecuatoriano de Ratas quizá no sea aquello que la película quiso decir sobre Ecuador, sino todo lo que dejó entrar mientras estaba contando otra historia. Al final, cada uno reconoce algo distinto, yo puedo mirar Cumandá y recordar que durante años fue simplemente un lugar por el que tenía que pasar, alguien más reconocerá una camiseta de Barcelona, otro recordará una canción y otro escuchará hablar a Ángel y pensará que conoció a un man exactamente así.
Tal vez por eso seguimos regresando, porque Ratas nunca nos dice dónde está Ecuador, simplemente lo deja regado por toda la película y nosotros sabemos encontrarlo.
