/ 09.09.2026 / 14 MIN READ

¿La estás pasando bien o estás intentando pasarla bien?

Festival Cordillera, Bogota - Colombia, 2023

He ido a suficientes conciertos como para saber que hay momentos en los que sacar el teléfono parece casi automático. Puede ser un festival al que viajaste a otro país, una banda grande que llevabas años esperando o un concierto pequeño en un lugar donde apenas caben unas cuantas personas. Empieza una canción que te gusta, reconoces los primeros segundos, levantas el celular y grabas una parte que probablemente terminará en una historia de Instagram. Yo lo hago, normalmente intento registrar fragmentos concretos y no pasarme todo el concierto mirando una pantalla, pero incluso así existe una contradicción que cada vez noto más. Me incomoda cuando alguien delante de mí graba prácticamente todo el show y, al mismo tiempo, entiendo perfectamente por qué lo hace, porque también quiero volver a casa con alguna prueba de que estuve ahí.

No creo que necesariamente haya algo falso en eso. Cuando grabo un concierto no estoy fingiendo que me gusta para publicarlo después, muchas veces quiero conservar ese momento porque sé que dentro de unos años ese video puede significar algo distinto. He estado en conciertos underground, festivales grandes, shows dentro y fuera de Ecuador, y algunas de esas grabaciones funcionan ahora como pequeñas puertas hacia una noche que seguramente recordaría de manera mucho más borrosa si no existieran. El problema empieza en otro lugar, cuando además de vivir una experiencia comenzamos a construir simultáneamente la versión de esa experiencia que queremos guardar, mostrar o convertir en evidencia.

Ese pequeño gesto del teléfono levantado me interesa porque parece contener algo mucho más grande. Nunca tuvimos tantas posibilidades para salir, viajar, comer, escuchar música, comprar cosas, conocer lugares y llenar cualquier espacio libre con entretenimiento, pero junto con todas esas posibilidades apareció también una cantidad enorme de formas de observar lo que hacen los demás y compararlo con nuestra propia vida. Quizá nunca tuvimos tantas formas de divertirnos y, al mismo tiempo, nunca habíamos tenido tantas formas de comprobar si nos estamos divirtiendo lo suficiente.

Cuando pasarla bien empieza antes de que algo ocurra

Un concierto puede empezar meses antes de que se apaguen las luces. Compras la entrada, hablas con tus amigos, buscas vuelos si tienes que viajar, decides dónde quedarte, empiezas a escuchar nuevamente los discos de la banda y construyes poco a poco una expectativa alrededor de una noche que todavía no existe. Parte de esa anticipación es justamente una de las cosas que hacen valiosas las experiencias, de hecho, distintos estudios sobre consumo han encontrado que gastar en experiencias como viajes, conciertos o comidas suele producir más satisfacción que gastar en objetos, entre otras razones porque esas experiencias tienden a integrarse mejor a nuestra identidad, generan conversaciones y fortalecen relaciones con otras personas.

No necesitamos entonces convertir el placer en sospechoso para admitir que nos gusta esperar un concierto, viajar o gastar en una buena comida. El problema no es disfrutar ni querer hacerlo más veces, aparece cuando la expectativa empieza a convertirse en una especie de contrato que la experiencia real tiene que cumplir. Si pagaste mucho por una entrada, viajaste cientos de kilómetros y esperaste seis meses, parece casi obligatorio que esa noche sea increíble, y si termina siendo simplemente buena, o estás cansado, o el sonido es malo, o por alguna razón no conectas con aquello como imaginabas, admitirlo resulta extrañamente difícil.

He sentido una versión más cotidiana de esa presión fuera de los conciertos. Hay días en los que preferiría quedarme en casa y, aun así, termino saliendo casi como una manera de obligarme a vivir, porque alrededor existe la sensación de que quedarse significa desperdiciar algo. El viernes no debería pasarse en casa, el feriado debería aprovecharse, las vacaciones deberían llenarse de experiencias y mientras uno piensa si realmente tiene ganas de hacer algo basta abrir Instagram para encontrar a alguien en un restaurante, otro viajando, alguien en una fiesta y otra persona viendo una banda que te habría gustado ver.

Las redes no inventaron la comparación social y tampoco existe evidencia seria para afirmar que utilizarlas vuelve inevitablemente infeliz a todo el mundo. Las revisiones de investigación encuentran efectos bastante más complejos, que dependen de la persona, del tipo de uso y del contexto, aunque la comparación con otras vidas y la sensación de estar perdiéndose algo aparecen de manera recurrente dentro de esa relación. Lo que sí cambió es la frecuencia con la que podemos encontrarnos frente a esas comparaciones, porque ya no necesitamos escuchar el lunes lo que hicieron los demás durante el fin de semana, podemos verlo mientras está ocurriendo.

La diversión también tiene espectadores

Una de las cosas más raras de nuestra relación actual con el placer es que podemos estar disfrutando realmente y, al mismo tiempo, pensar en cómo se verá ese disfrute desde afuera. No hace falta inventar una vida que no tenemos para que esto ocurra, basta con decidir qué parte de una experiencia merece convertirse en una historia.

En un concierto pueden pasar dos horas y yo termino seleccionando quince segundos. No estoy mintiendo, esos quince segundos ocurrieron, pero necesariamente son una edición. Escojo la canción, el momento, el ángulo y la duración, después esa pequeña pieza aparece entre cientos de otras escenas escogidas por otras personas exactamente bajo la misma lógica. Cada una puede ser real y, cuando se acumulan, terminar construyendo una imagen bastante extraña del mundo, una especie de ciudad permanente donde alguien siempre está viajando, comiendo algo increíble, celebrando, estrenando algo o viendo al artista que querías ver.

La fotografía tampoco tiene que arruinar una experiencia por sí misma. Hay investigaciones que incluso han encontrado situaciones en las que tomar fotografías puede aumentar nuestra participación en lo que estamos viviendo, pero el motivo importa. Un estudio publicado en Journal of Consumer Research encontró que cuando las personas tomaban fotografías específicamente pensando en compartirlas, reportaban menos disfrute que quienes las tomaban para conservarlas, algo que los investigadores relacionaron con una mayor preocupación por cómo serían percibidos y una menor inmersión en la experiencia.

Esa diferencia me parece más útil que el típico consejo de guardar el teléfono y vivir el momento. Yo quiero algunas fotos y algunos videos, no solamente para Instagram sino porque me gusta tener registro de las cosas que he vivido, y probablemente seguiré haciéndolo. Lo interesante es preguntarse cuándo dejamos de registrar algo que estamos viviendo y empezamos a vivir pensando en cómo registrarlo.

La frontera puede ser mínima. Sacas una foto de la comida porque se ve bien, después revisas si quedó bien, la repites porque alguien movió el vaso, eliges una, la publicas, miras quién reaccionó y cuando vuelves a la mesa ya ocurrió una pequeña experiencia paralela. La comida sigue siendo real, la conversación también y quizá la estás pasando increíble, pero durante unos minutos apareció otro trabajo dentro de esa misma noche, producir la representación de la noche.

Hay días en que parece que deberíamos estar felices

La presión se vuelve más extraña cuando ni siquiera viene de otra persona concreta. Nadie tiene que decirnos que debemos aprovechar un sábado para que podamos sentir que estamos desperdiciándolo.

Hay situaciones donde la felicidad parece venir incluida en el precio. Vacaciones, cumpleaños, conciertos, bodas, festivales y viajes se presentan culturalmente como momentos que deberían producir algo especial, por eso estar aburrido o triste en uno de ellos puede sentirse casi como hacerlo mal. No solamente estás teniendo una emoción incómoda, también estás comparándola con la emoción que creías que deberías tener.

La psicología ha estudiado precisamente esa contradicción. Un trabajo de Iris Mauss y otros investigadores encontró que valorar excesivamente la felicidad puede resultar contraproducente en determinadas circunstancias, porque cuando esperamos sentirnos especialmente felices en una situación positiva resulta más fácil decepcionarnos con nuestras propias emociones si no alcanzan esa expectativa. Otro estudio posterior con más de 7.400 participantes de 40 países encontró una asociación entre percibir presión social para sentirse feliz y peores indicadores de bienestar, aunque los propios autores advierten que el diseño del estudio no permite afirmar una relación causal directa.

Esto no significa que buscar felicidad sea malo, sería absurdo plantearlo así. Significa que puede existir una diferencia entre querer disfrutar algo y vigilar constantemente si lo estamos disfrutando de la manera correcta.

Esa vigilancia aparece cuando uno piensa que debería estar haciendo más, viajando más, saliendo más o acumulando mejores experiencias. A veces he terminado fuera de casa precisamente por esa sensación, aunque inicialmente quería quedarme, y no siempre ha sido una mala decisión porque en ocasiones salir termina valiendo la pena. El problema es que la motivación ya no nace solamente de las ganas, también puede venir de la sospecha de que alguien, en algún lugar, está aprovechando mejor su tiempo.

“Me lo merezco”

Hay una frase que escucho con bastante frecuencia entre amigos y amigas cuando alguien está a punto de comprar algo que probablemente no necesita demasiado. Puede ser ropa, tecnología, una comida, un viaje o cualquier gasto que necesita una pequeña defensa antes de pasar la tarjeta, y muchas veces la defensa es suficientemente simple como para cerrar cualquier discusión.

“Me lo merezco”.

La frase funciona porque rara vez habla realmente del objeto. Habla de todo lo que ocurrió antes. Trabajaste demasiado, tuviste una semana de mierda, terminaste algo difícil, estás cansado, no has comprado nada últimamente o simplemente necesitas sentir que tanto esfuerzo sirve para algo, entonces la compra deja de ser únicamente una transacción y empieza a funcionar como recompensa.

No hay nada particularmente malo en eso y yo tampoco creo que cada compra tenga que justificarse racionalmente como si disfrutar el dinero fuera una falta moral. Lo interesante es la facilidad con la que el consumo puede entrar en espacios emocionales. Ya no compramos solamente porque algo nos sirve, también porque esperamos que nos haga sentir de determinada manera.

Durante mucho tiempo una respuesta popular al materialismo fue decir que era preferible comprar experiencias en lugar de cosas, recomendación que tiene cierto respaldo empírico porque, en promedio, las experiencias suelen producir una satisfacción más duradera que muchos bienes materiales. Pero el mercado aprendió perfectamente a vender experiencias también, y ahora podemos comprar fines de semana inolvidables, cenas diseñadas como eventos, entradas VIP, festivales, retiros, escapadas y lugares cuya principal promesa no es ofrecernos algo concreto sino producir un recuerdo.

La experiencia dejó de ser lo opuesto al producto porque también podía empaquetarse, anunciarse y venderse.

Eso tampoco significa que esos momentos sean falsos. Una entrada comprada puede terminar en uno de los mejores conciertos de tu vida y un viaje comercializado hasta el cansancio puede producir recuerdos profundamente personales. La contradicción está en que incluso aquello que supuestamente debía alejarnos del materialismo terminó entrando en la misma lógica de la expectativa, donde pagamos anticipadamente por la posibilidad de sentir algo.

La vida de los demás siempre parece estar ocurriendo

Hay otra cosa que las redes hacen particularmente bien, mostrar acontecimientos sin mostrar casi nunca los espacios entre ellos. Vemos el concierto, no necesariamente las dos horas haciendo fila, vemos la playa pero no el vuelo cancelado, vemos la mesa cuando llegó la comida y no los cuarenta minutos esperando, vemos el grupo riéndose y rara vez el momento en que nadie tenía nada que decir.

No creo que eso sea necesariamente engaño, probablemente siempre hemos contado nuestra vida de esa manera. Cuando alguien regresaba de vacaciones tampoco empezaba enseñándote las partes aburridas, mostraba las mejores fotografías. La diferencia es la escala. Ahora podemos recibir durante todo el día pequeños resúmenes editados de cientos de vidas distintas y, aunque sepamos perfectamente que son fragmentos, nuestro cerebro todavía tiene que convivir con esa acumulación.

La investigación sobre comparación social en redes es menos simple de lo que muchas veces se presenta. Algunas personas pueden sentirse inspiradas, acompañadas o incluso mejorar su bienestar utilizando estas plataformas, mientras otras experimentan comparación, envidia o malestar, por lo que no existe una única consecuencia universal. Lo importante para este expediente no es decidir si Instagram es bueno o malo, sino reconocer que convirtió el placer de otras personas en algo permanentemente visible.

Antes podías pasar un sábado en casa sin saber demasiado bien qué estaba haciendo el resto del mundo. Ahora puedes hacerlo viendo exactamente todo aquello a lo que no fuiste.

Incluso el miedo a perderse algo puede alimentar un ciclo extraño. Un estudio experimental de 2023 encontró evidencia de una relación bidireccional entre FOMO y uso de redes sociales, donde sentir que uno se está perdiendo cosas puede aumentar el uso de redes y, a su vez, una mayor exposición a oportunidades sociales puede aumentar esa misma sensación. No significa que revisar Instagram provoque automáticamente ese efecto en cualquiera, pero describe bastante bien una experiencia reconocible, entrar para comprobar qué está pasando y salir sabiendo muchas más cosas que podrías estar haciendo.

No quiero dejar de grabar conciertos

Sería muy fácil terminar este artículo con una recomendación sobre vivir el presente, guardar el celular, comprar menos y dejar de mirar lo que hacen los demás, pero no creo que esa sea una respuesta particularmente útil.

Yo voy a seguir grabando algunas canciones.

Probablemente seguiré publicando historias cuando viaje, vaya a un festival o encuentre algo que quiero compartir, porque también existe placer en mostrar una experiencia a los demás y en conservar un archivo de nuestra propia vida. Dentro de diez años puede que agradezca haber grabado esos treinta segundos que en ese momento parecían innecesarios, del mismo modo que hoy valoramos fotografías viejas que alguien decidió tomar cuando ninguna de las personas retratadas estaba pensando en construir memoria.

Tampoco quiero asumir que quedarse en casa siempre es más auténtico que salir. Algunas de las mejores experiencias empiezan precisamente cuando uno no tenía demasiadas ganas y un pana terminó convenciéndolo, mientras algunos planes que parecían destinados a convertirse en recuerdos increíbles pueden terminar siendo una completa huevada. No existe una fórmula limpia porque justamente el placer funciona de esa manera, no siempre aparece donde lo planificamos y tampoco responde perfectamente al precio que pagamos.

Tal vez la pregunta no sea si deberíamos dejar de intentar pasarla bien, sino cuánto espacio estamos dispuestos a dejar para que una experiencia sea simplemente lo que terminó siendo. Una fiesta puede ser aburrida, unas vacaciones pueden tener días malos, un concierto puede decepcionarte y un sábado entero dentro de casa puede terminar siendo exactamente lo que necesitabas, sin que ninguna de esas cosas signifique que estás viviendo peor que alguien más.

Estamos en una época que puede ofrecernos una cantidad extraordinaria de experiencias y eso es algo que vale la pena disfrutar, pero también vivimos rodeados de herramientas que convierten esas experiencias en imágenes, comparaciones, expectativas y pequeñas pruebas de que nuestra vida está ocurriendo. A veces resulta difícil distinguir dónde termina una cosa y empieza la otra.

Quizá por eso la próxima vez que levante el teléfono durante una canción no voy a preguntarme si debería guardarlo inmediatamente. Probablemente grabaré un momento, como siempre, y después intentaré volver a mirar el escenario, porque tener un registro puede importar, pero también quiero recordar cómo se sentía estar ahí cuando todavía no sabía qué parte iba a terminar publicada.

La pregunta seguirá siendo incómoda precisamente porque no tiene una respuesta permanente. Podemos hacérnosla en medio de un concierto, durante un viaje, mirando una mesa llena de amigos o un sábado por la noche mientras vemos historias desde la cama, y quizá algunas veces descubramos que sí, que realmente la estamos pasando bien, mientras otras tengamos que admitir algo bastante más raro.

Puede que simplemente estemos intentando pasarla bien.